Por Nicolás Santana Ulloa, egresado de Psicología
Cada inicio de año suele venir acompañado de promesas silenciosas: bajar el ritmo, cuidar más la salud o pasar más tiempo con nuestros seres queridos. Enero se instala culturalmente como una pausa simbólica, un momento para cerrar ciclos y comenzar de nuevo. Sin embargo, para gran parte de las y los trabajadores en Chile, ese “nuevo comienzo” llega con un peso acumulado difícil de ignorar: el cansancio emocional.
Un reciente estudio titulado “Radiografía de las vacaciones”, realizado por la Mutual de Seguridad, es claro en este punto: 8 de cada 10 trabajadores sienten que necesitan vacaciones para cuidar su salud mental. Esta cifra no solo habla de descanso, habla de urgencia. Las vacaciones ya no son vistas únicamente como tiempo libre o recreación, sino como una estrategia necesaria para recuperar el equilibrio psicológico después de un año marcado por la sobrecarga, el estrés y la presión constante.
Que esta necesidad se haga tan evidente justo cuando comienza un nuevo año no es casual. El cierre de un ciclo laboral suele dejar al descubierto el desgaste que se fue normalizando mes a mes. El problema es que, aun cuando existe conciencia de esa necesidad de descanso, muchas personas no logran materializarla de forma efectiva. Ya sea por razones económicas, por exceso de trabajo o por culturas organizacionales que dificultan la desconexión real, las vacaciones terminan siendo breves, fragmentadas o insuficientes.
El estudio también muestra algo especialmente preocupante: para más de la mitad de quienes sí logran descansar, los efectos positivos de las vacaciones duran poco. Días o semanas después de volver al trabajo, el agotamiento reaparece. Esto nos obliga a preguntarnos si el problema está solo en la cantidad de días de descanso o, más bien, en el modo en que estamos viviendo nuestra vida laboral durante el resto del año.
Desde la psicología, sabemos que el descanso real no se limita a “no trabajar”. Descansar implica bajar el nivel de alerta, reducir la exigencia constante y permitir que la mente salga del modo de supervivencia. Cuando el inicio del año encuentra a las personas ya agotadas, las vacaciones dejan de ser un espacio de disfrute y se transforman en un intento de reparación emocional.
Este nuevo año, entonces, no solo debiera invitarnos a fijar metas de productividad o crecimiento profesional, sino también a reflexionar de manera honesta sobre el lugar que ocupa la salud mental en nuestra forma de trabajar, tanto desde la experiencia de los colaboradores como desde la responsabilidad de los empleadores. Si las vacaciones se vuelven necesarias para evitar el colapso, es una señal clara de que algo estructural no está funcionando. El descanso no puede seguir siendo el único espacio en el que nos sentimos autorizados a cuidar nuestra salud mental.
Quizás el verdadero dilema no está en cuántos días de vacaciones tomamos, sino que lugar ocupa el descanso en nuestra forma de vivir y trabajar. Si seguimos contando días en lugar de generar pausas reales, el cansancio volverá una y otra vez, sin importar cuántos calendarios cambiemos. Descansar de verdad implica atrevernos a desconectar, pero también a cuestionar una cultura que normaliza el agotamiento y romantiza la sobre exigencia.


