La Historia, espiritual espejo de la Naturaleza, se presenta, como ésta, en variadas formas, no está sujeta a método alguno y se empina desdeñosa por sobre toda ley…
Medianoche del segundo día del año, reina la oscuridad, y el dictador, vestido con el conmovedor atuendo del pijama, duerme inquieto junto a su mujer, que le ha sido leal. Lejano, se oye el rumor de un mar embravecido por la incertidumbre. Desde hace tiempo, ante la amenaza de un ataque, su descanso ha sido fragmentado, y se ha visto obligado a fastidiosos traslados para no delatar su ubicación; ha sido la forma para huir de la implacable sombra que, en su persecución, no le ha dado tregua.
Durante el asedio, iniciado por los gringos con el ataque en el mar caribeño de embarcaciones acusadas de traficar drogas, se ha instalado un teatro de ejecución y muerte, ajeno al derecho. Se ha acusado al dictador de liderar bandas narco terroristas que han proliferado, afectando la vida cívica y la seguridad en los países del sur, obligando a los opositores a migrar del país. El agresor, legitimó su acción, acusando excesos en violaciones del estado de derecho cometidos por el régimen.
Como una araña que, paciente, teje la red sobre la que acepta vivir en frágil equilibrio; para resistir, el régimen se balanceó entre intrincados vaivenes, desafiando con imprudencia las reglas del derecho, sin oír la intimidación del poderoso. Hubo anuncios y amenazas que el dictador y sus partidarios desestimaron y, se lo observó en imágenes de la televisión, responder con palabras en precario inglés, jactándose de su poder… y luego, transitando hasta el otro extremo, ha aparecido adulando al gigante acosador, confuso, como si eligiera ahora la opción de congraciarse con él.
Dice rechazar cualquier forma de guerra y con asombroso desparpajo, se ha declarado un pacifista. En el vasto mecanismo de artilugios que ha usado, utilizó el de la mofa, recurso de quien no posee argumentos; a menudo, usa el baile y el canto, como si se sirviera de esas actividades para desprenderse del corrosivo germen que -desde el primer ataque a una lancha- los gringos instalaron como el certero disparo de una ballesta en un sensible lugar de su cuerpo, y que, en respuesta al inocuo resultado de sus clamores de apoyo, se ha extendido como una ameba que crece bajo el apremio que imprimen a su pecho la presión interna y la internacional, dos corazas de hierro que lo aprisionan, encerrándolo en el medio.
Apacible, continúa la noche caribeña; confiada, su mujer, duerme a su lado, ausente de las acusaciones provenientes del pueblo que -como las aguas del arroyo de la montaña golpean la piedra hasta horadarla- se vierten contra el áspero bastión en que se ha vuelto su imagen. Al posar su vista en ella, desconfía… sin ser un hombre versado, su intuición le grita que hasta Jesucristo fue traicionado, y… en su frente morena, desde la que mana indómita la fiera cabellera hirsuta, brotan, como agujas de rocío, infinitas perlas brillantes que, como perdidos astros que navegan por el universo, vienen a encender la noche.
También él se habrá dormido en breve, pero… el furtivo instante previo al sueño, lo sitúa frente al creciente temor de esa maldita soledad abyecta y… se le asoman preguntas: ¿Se atreverá a atacarlo? No, no tiene esas agallas. Se calma… como un río insurrecto que irrumpe entre inmortales estratos y se arremolina con fuerza antes de caer a la quebrada, su cuerpo se recoge y se expande flexible como un arco tensionado… su cuello se humedece, como si llorara sobre él, un ejército de insectos que han llegado para tener una muerte digna…
¡No! Es un farsante… jamás se atreverá a desafiar al mundo progresista que se uniría en respuesta a su agresión.
La tarde anterior, disipando sus temores y mitigando sus sospechas, una comitiva China, que precisa de su petróleo, le hizo una protocolar visita; antes, había sostenido una conversación con el jerarca ruso. ¡La lealtad del mundo está con Venezuela! Mañana…le volverá a bailar a la cámara.
Ha confiado su seguridad a los cubanos, ellos lo aprobaron el día que Chávez -¿Por qué tuvo que morirse?- lo propuso. Los conoce bien, no fallarán… -ríe dubitativo, vacilante- y en la oscura noche se pierde su mueca latina; controla un estertor involuntario y se duerme bruscamente.
La noche avanza, cautiva en sus lujurias y sus miserias; noche de viernes, noche de juerga; se anuncia con bocinas alegres; la intensidad de la fiesta decae; el bullicio humano es controlado por el murmullo de las aves; sus gemidos, como arrulladoras quejas de la Naturaleza, se extienden sobre el pecado humano; vuelve la quietud, el dictador duerme a sobresaltos y… la noche sigue avanzando…
Un resplandor entra fugaz y arde el instante… como debió rugir el Vesubio, feroz gruñido de la naturaleza que suspendió el tiempo en Pompeya…
¿Qué ruido es ese? Ineficaz pregunta, porque sabe que se inició lo tan temido, se ha puesto en marcha la maquinaria oligárquica… advierte aterrado que con el estruendo su mujer ha despertado.
Imitando a la Naturaleza, la Historia se anuncia con espantoso salvajismo humano… ambas, igualmente volubles, actúan sin ataduras, en acciones y reacciones que rara vez ocurren de manera simultánea; a veces, son actos humanos que inducen cambios a la Historia… pero también puede ser que Dios, arquitecto de la Naturaleza, ante la desidia y el pecado -como en las ciudades bíblicas quemadas a fuego por la inmoralidad de su pueblo- envíe un castigo ejemplar, cambiando la Historia.
En tan solo un instante, poco cambiará en apariencia en la ciudad atacada y… nada en el aspecto de otros continentes, pero… todo habrá cambiado. Mientras la Naturaleza persistirá en un amedrentador silencio, la Historia se agitará en un estertor convulsivo…
El hombre, escribiendo la Historia. Podría decirse que Dios, para escribir la Historia, se ha valido del hombre, pues, es Él quien ha instalado en el hombre el temperamento y carácter que guiará sus pasos en la vida… le ha otorgado libertad de discernimiento, reservándose la acción sobre la Naturaleza, sin en apariencia, intervenir en los asuntos de la Historia.
Reacciona con violencia; el corazón le late acelerado; salta de la cama, ella ya está de pie; lee en su rostro la resolución que la Historia ha impreso; intentan huir; siente un aguijón en el vientre; resiste, su mujer sonríe y se da cuenta que ella ya asumió el fracaso; tratan de alcanzar al búnker, pero las fuerzas militares americanas, les cierran el paso; son detenidos.
Se recupera; no puede lucir derrotado; la bravuconada de los gringos será controlada por el mundo; su mujer le pide instrucciones con la mirada; está desconcertado; se da cuenta que ha perdido el poder en un ataque de menos de un minuto; sus defensores cubanos yacen muertos alrededor; algo ha fallado; se extienden los gritos y la confusión.
Le leen sus derechos y lo instan a cambiarse de ropa; todo es instantáneo. ¿Quién es leal? Advierte que los soldados, a medida que pasan los minutos, se distienden, la tensión declina, los soldados comienzan a reír, celebrando, pero no entiende lo que dicen, alguien traduce la orden; ambos son subidos a un helicóptero y trasladados al Iwo Jima, formidable porta aviones que espera por su preciada carga.
Su enemigo, el mismo con el que días antes ha conversado por teléfono, es llamado a la oficina oval, donde sus colaboradores le ofrecen imágenes de la captura, procedimiento que contempla cómodamente instalado, con una mueca en el rostro que tiene algo de satisfacción, por el éxito alcanzado en la delicada misión, y algo de desprecio, ante la imagen del vencido dictador que luce derrotado, sin su habitual jactancia, tan frágil como un pequeño niño que ha sido separado con brusquedad del regazo materno.
Más tarde, un vuelo lo llevará a Nueva York; el vencedor lucirá al mundo su trofeo; la perniciosa droga del morbo se extenderá descontrolada por el orbe; el hombre andará lento, esposado, con un buzo que otorgará réditos a la firma deportiva que lo comercializa, irá calzando unas inapropiadas sandalias para caminar sobre el pavimento frío en el que se ven mojones de nieve; lleva la vista cubierta y sus oídos están tapados, y… va desnudo… despojado del ilimitado poder que tan solo diecisiete horas antes, lo cubría a raudales.
Jorge Orellana.


