Hay actividades culturales que su expresión son contenedoras de significados culturales profundos y valores ancestrales. Las Olimpiadas Isleñas son uno de ellos. Desde hace más de cincuenta años, las comunidades navegantes de las islas de Tenglo, Maillen, Huar, Puluqui, Childhuapi y Tabón —de las comunas de Puerto Montt y Calbuco— se reúnen una vez al año para competir en fútbol, remo, natación y atletismo. Pero quien reduzca esto a una jornada deportiva no ha entendido nada.
Las Olimpiadas son, ante todo, un acto de resistencia cultural. En su organización sobreviven formas de convivencia que el resto del mundo rural ya perdió y en donde la reciprocidad es la base de toda arquitectura social. La representación a través de delegados que por años representan a su isla, hasta traspasar su autoridad a un joven interesado en mantener la tradición. La itinerancia de la sede se ordena de norte a sur, así a todas las islas le corresponderá el placer y la responsabilidad de organizar el evento y custodiar la tradición que no está escrita en ningún documento oficial. La comunidad anfitriona recibe a las delegaciones visitantes con un protocolo que obedece a la reciprocidad, ese viejo principio que alguna vez articuló toda la vida del campo sureño y que hoy apenas respira en celebraciones como esta.
El día de las Olimpiadas, la isla anfitriona se transforma. Llegan las embarcaciones —antes chalupas a remo y vela, hoy lanchas y barcazas que han reemplazando lo que el tiempo corroe— y con ellas miles de personas de las islas protagonistas de la fiesta. En el evento, se reencuentran parientes y amigos, se forman nuevas parejas, se cierran tratos comerciales, se acuerdan invitaciones a fiestas patronales y torneos futuros. En los campos deportivos son las competencias y en sus alrededores las cocinerías tradicionales chilotas. Ya sabemos milcaos, chochoca, te frio, empanas, curanto y cordero.
Mientras tanto, en la cancha y en el mar, se compite con una intensidad desbordada, propia del orgullo de pertenecer a una localidad orgullosa, que da cuenta del compromiso de sus competidores con su tierra y su gente. Esto solo se entiende cuando la identidad territorial está en disputa. Porque cada gol, cada brazada y cada carrera lleva consigo el orgullo de una isla entera.
Sin embargo, las Olimpiadas isleñas están en una continua tensión con el tiempo y su futuro. Los delegados envejecen, la tenencia de los campos deportivos se vuelve incierta, los recursos comunitarios escasean, el despoblamiento rural avanza sin pausa. Las chalupas a remo, que alguna vez fueron el medio de trasporte exclusivo de las comunidades navegantes, hoy van en retroceso, es importante descatar que, las chalupas que se utilizan en la competencia de remo, solo flotan en el mes de las olimpiadas, de ahí son guardadas hasta la próxima competencia. Todo conspira contra la continuidad de un evento que, paradójicamente, es uno de los últimos refugios donde la cultura rural del sur de Chile se manifiesta viva, completa y sin disculpas.
Registrar, describir y valorar las Olimpiadas Isleñas es un acto de justicia hacia las comunidades que llevan medio siglo resistiendo su actividad frente al avance de los moderno y post moderno, permitiendo que valores tan humanos como la reciprocidad no se extingan en el despropósito de los intereses individuales.
Luis Catalán Maldonado
Antropólogo
Olimpiadas Isleñas Huar 2026, versión 52.

