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Columna: Diálogo Íntimo por Jorge Orellana L -

Columna: Diálogo Íntimo por Jorge Orellana L

—¡Traidor! —oyó desde el espejo el improperio que le lanzó el reflejo de su imagen que, desligado de sus instrucciones, divagaba como si tuviera vida propia; sin replicar sus movimientos como lo haría la silueta de un hombre con su proyección en el cristal.

Aceptaba la independencia de su reflejo; mal que mal, nunca vemos nuestro propio rostro, y no podemos asegurar que la imagen reflejada en el espejo sea la propia… sin embargo, le costaba aceptar que su propio reflejo —algo que nacía en él— lo increpara de forma tan grosera.

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—¡¿Qué te has creído?! —le respondió iracundo, y se rió, pues le causó gracia iniciar una pelea con aquel ser abstracto, pero fue incapaz de apreciar si la risa que se oyó era suya o provenía del espejo…

Confundido, asumió la vida propia de su reflejo y pensó que obtendría provecho si consideraba su opinión. Observó su reflejo incitándolo a hablar, y éste, ansioso, mordió el anzuelo… y el baño se llenó de ecos cruzados que iban y venían, desde, y hacia el espejo.

—¿Cómo es que siendo fiel adherente a la Concertación —atacó impiadoso el reflejo— hayas decidido votar por Kast?

—No lo veo así… los dados están lanzados para la primera vuelta y pienso en la segunda… muchos de los míos optarán por votar nulo, y… sin ofender a nadie, me resulta insoportable la indolencia de no elegir… siempre hay alguien que encarna mejor un cierto momento.

—Para ser un humanista cristiano, tienes un carácter extraño…

—Tal vez habita en mí algo de Meursault, el personaje de Camus, pero… ¿es malo ser extraño? Voy a contarte una anécdota reciente que define mi conducta y que puede justificar ese mote:

Trotaba por las calles de mi barrio y alcancé un punto en que la vereda se interrumpe con un paso cebra que permite a los vehículos acceder a un aparcadero paralelo a la calle. Entre ambos, existe una vereda y una ciclovía. Al llegar al cruce observé que sobre él había un vehículo mal estacionado con su conductor al interior.

Pude haberme cambiado a la ciclovía y dejar el asunto, pero… no me aguanté, y lo increpé:
—¡Estás mal estacionado!

Molesto, contestó algo inaudible e hice caso omiso… me había distanciado, cuando oí con claridad:
—¡Ven pa’cá poh!

Mi actitud cambió. Di unos pasos más e intenté hacerme el leso… pero no pude, me detuve y me devolví, tal como el desconocido me lo había pedido.

Descendió del vehículo y me miró inquisitivo; se trataba de un hombre adulto y fornido. Repetí mi aseveración:
—¡Estás mal estacionado!

—¿No puedes pasar por ahí? —replicó con sensata moderación, apuntando a la ciclovía.

—No —le respondí categórico—, por ahí van las bicicletas; a mí me corresponde ir por la vereda sobre la que te has estacionado.

Miró con aparente perplejidad y con gesto amable reconoció su error. Sonreímos, chocamos puños y continué con mi trote.

Del asunto no extraeré conclusiones, cada cual podrá sacarlas, pero el acto, creo que es fiel reflejo de mi temperamento. Reconozco que, aunque mi acción puede parecer extraña, no creo que merezca la calificación de errada. Es simple… Nicanor remata su Epitafio asegurando ser: “¡Un embutido de ángel y bestia!” Y yo creo que los hombres somos un compuesto con azarosas proporciones de emociones y razones, en que las misteriosas fuerzas que nos rigen y dominan contienen o impulsan nuestros actos.

—¿Habría pasado algo si no te hubieras detenido? —clamó el espejo.

—No, probablemente habría olvidado el incidente… pero afrontarlo tuvo una doble virtud: seguí corriendo en armonía, sin la espina de no enrostrar su falta al conductor, y además, su reacción abrió un vínculo entre nosotros; hubo entendimiento… y supe que su falta no obedecía al abuso, que solo había sido un descuido.

—Eres extraño, yo habría pasado por el lado ahorrándome la molestia, pero reconozco que nuestra sociedad arrastra un cinismo moralista que era lo que impulsaba la rebeldía de Meursault. Pero… volviendo a las elecciones, ¿estás optando por el mal menor?

—¡No! —reclamó al autor—. Es muy amplia tu pregunta porque abarca un largo período de nuestra historia.

Cuando voté por Aylwin —aclaró—, el espejo se estremeció y el reflejo se tomó la cabeza a dos manos gritando:
—¡Pero si estuviste de acuerdo con el golpe de Estado!

—¡Es verdad! Me sigues juzgando con sesgo porque te cuesta ir un poco más allá. ¡No hay nada que ocultar! Sentí, en un momento, que el país iba a un caos, y que seguirían las muertes ideológicas, esas que responden al impulso emocional… la productividad era nula… la violencia estaba desatada… malogrado, el romántico proceso revolucionario se diluía en un estrepitoso fracaso que, sin duda, se acompañaría con miseria para los débiles. ¡Eso pensé! Y concluí en la necesidad del golpe… Y pude errar, pero fue lo que pensamos dos tercios del país y, con el tiempo, he llegado a pensar que acertamos.

—Hay que cuidarse de los diálogos íntimos de los escritores —ironizó el reflejo—, a veces se usan para evitar confesarse y suelen ser meras autodefensas… pero… ¿cómo fue que luego de adherir al régimen militar pasaste a repudiarlo?

—Ah… recuerdo bien ese momento… el impacto hizo que no lo olvidara. Fue la lectura de un librito que compré en la Vicaría de la Solidaridad, que relataba en forma increíble el descubrimiento en los Hornos de Lonquén de un grupo de campesinos asesinados por carabineros, que habían sido sus vecinos por largos años en la comunidad que compartían.

—¡Así, de golpe! —comentó irónico— ¡De un guaracazo!

—El episodio sembró la sospecha… y marcó en mí la certeza de la necesidad por recuperar la democracia. Temprano se agotaba la dictadura, pero pasaría un largo trecho antes de decirle: ¡NO!

Cuando finalmente vino Aylwin, fue lo mejor que nos pudo ocurrir. Era el tiempo para un hombre sabio que venía a recuperar la armonía. Y mucha agua pasó bajo el puente con largos años de prosperidad, pero con gradual ascenso se perdieron valores, aquellos preceptos insustituibles que engrandecen a una sociedad. La democracia entró en riesgo porque perdió credibilidad en su capacidad de resolver problemas.

—¿Hace falta Aylwin o un sustituto? —acotó el espejo.

—No. Apoyé gobiernos de la Concertación que, además de cordura, trajeron crecimiento. Hubo cambios en las familias que accedieron a la educación universitaria, hubo movilidad social, se tomó conciencia de la verdad esencial e inmoral de que el dinero es un medio para conquistar la dignidad.

Nos quitamos la infausta sentencia de que los pobres acabarán en la miseria la vida que iniciaron en la miseria. Se premió el esfuerzo y las personas sintieron que progresar era posible, y acariciamos el desarrollo. Pero la clase gobernante, para congraciarse con el más fuerte, aceptó subsidiar… y esa palabra solo alcanza sentido cuando no vulnera la dignidad.

Es obligación subsidiar al débil, pero al fuerte, hay que exigirle productividad, porque se lo ha dotado de capacidades.

Con todos sus méritos, hoy Aylwin no serviría, tal como en Estados Unidos Kamala Harris no fue elegida. Se reclama hoy un carácter fuerte, capaz de imponer las normas y decretos que resuelvan el problema de seguridad que el país demanda. Esa es la apuesta del cuarenta por ciento de los más pobres, que exigirán firmeza, porque es la forma de alcanzar la libertad, el insustituible valor de la democracia que se ha perdido.

—¿Fracasó la democracia?

—La democracia es, por definición, la forma de gobierno en que el poder pertenece al pueblo, y… ¿le parece que el pueblo tiene hoy el poder? La democracia corre peligro, y si el Congreso no apoya un gobierno autoritario… habrá otra dictadura… eso sí, de signo desconocido.

Desde el espejo, recibió una mirada penetrante, cargada de soberbia, y una voz lo desafió:
—¿Así fue que se produjo tu cambio ideológico?

—Mi cambio no es ideológico, es solo la seguridad… lacra no sostenible en el tiempo porque es una invitación al ciudadano para armarse. Con miopía y sin ofrecerle seguridad, la autoridad lo emplaza a defenderse.

El cero absoluto es la negación de la vida: todo se solidifica y las moléculas pierden la capacidad de moverse, todo se detiene; al hombre se le forma hielo en la sangre y cesa la actividad cerebral. Lo absoluto es sinónimo de muerte, todo lo contrario a la armonía, que es la vida.

En nuestras diferencias, convivimos con una identidad. Tú o yo, somos dos individuos distintos del que entre ambos formamos. Surgieron en el espejo múltiples imágenes y la habitación se iluminó, llena de certezas.

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