Por Paula Fritz Castillo
Docente de Marketing DUOC | Agencia Cachai
Hoy no solo competimos por vender, competimos por atención. Y en esa carrera, tanto el periodismo como el marketing cruzan límites peligrosos.
Desde el marketing, he aprendido que comunicar no se trata solo de posicionar una marca, sino de construir confianza. Y ahí es donde la ética deja de ser un concepto bonito y pasa a ser una necesidad real. Porque cuando se pierde la credibilidad, se pierde todo.
El problema es que hoy muchas veces se prioriza el impacto por sobre la verdad. Titulares exagerados, campañas que prometen más de lo que cumplen, contenido diseñado solo para generar clics. Funciona, sí… pero a corto plazo. Porque las personas no son ingenuas, y tarde o temprano, se dan cuenta.
Un ejemplo claro de esto se ve en redes sociales, donde muchas veces influencers o marcas recomiendan productos que ni siquiera usan. En el momento puede parecer efectivo, pero cuando la audiencia detecta la incoherencia, la confianza se rompe. Y una vez que eso pasa, no hay estrategia que lo solucione fácilmente.
El periodismo y el marketing tienen más en común de lo que parece: ambos trabajan con información, percepción y personas. Ambos tienen el poder de influir. Y justamente por eso, ambos deberían tener límites claros.
No todo vale.
No todo lo que genera engagement aporta valor.
No todo lo que llama la atención merece ser comunicado.
A veces se confunde visibilidad con impacto real, y no es lo mismo. Un contenido puede volverse viral y aun así ser superficial o incluso dañino. El verdadero desafío está en generar contenido que no solo sea visto, sino que también aporte algo significativo.
Desde mi experiencia, cuando una marca comunica desde el engaño, puede ganar visibilidad, pero pierde algo mucho más importante: confianza. Y recuperarla es mucho más difícil que conseguirla.
Lo mismo pasa en el periodismo. Cuando se pierde el compromiso con la credibilidad, no solo se daña un medio, se debilita la relación con toda una audiencia.
Las redes sociales han intensificado este problema. La presión por publicar rápido, subirse a tendencias y destacar entre miles de contenidos hace que muchas veces se comunique sin pensar. Pero justamente ahí es donde más se necesita de criterio.
Porque comunicar también es decidir.
Decidir qué decir, cómo decirlo y hasta dónde llegar.
Y en esas decisiones hay una responsabilidad enorme. Se pueden reforzar estereotipos o romperlos. Se puede informar o manipular. Se puede construir confianza o destruirla.
También implica hacerse cargo de las consecuencias. No basta con publicar y seguir adelante, porque cada mensaje deja una huella. Lo que se comunica influye en cómo las personas piensan, consumen y se relacionan con su entorno.
Creo que el periodismo y el marketing no son mundos opuestos, sino complementarios. Uno aporta rigurosidad, el otro creatividad. Pero sin ética, ambos pierden el rumbo.
Al final, todo se resume en una sola palabra: confianza.
Y la confianza no se compra, no se improvisa y no se finge.
Se construye.

