Por, Camila Cisternas Cuevas , Académica Carrera de Nutrición y Dietética , Universidad San Sebastián sede De la Patagonia
Cada septiembre, Chile cambia. Aparecen las banderas, la música, las reuniones familiares y los olores que anuncian que llegaron las Fiestas Patrias: el humo de la parrilla, el pebre, las empanadas recién hechas.
Pero también aparece el mismo fenómeno en el espacio público y en las consultas clínicas: una avalancha de recomendaciones enfocadas en la restricción alimentaria, pautas para «descontar» calorías y estrategias de compensación mediante el ejercicio. Como nutricionistas, observamos este enfoque con preocupación, pues simplifica demasiado algo mucho más complejo: por qué y cómo comemos las personas.
Porque comer durante las Fiestas Patrias no tiene que ver únicamente con alimentarnos. También tiene que ver con compartir. Una empanada puede ser mucho más que masa, carne y cebolla: puede ser la receta de la abuela, la que alguien prepara todos los años porque es «tradición familiar». Un simple plato en la mesa puede traer de vuelta a personas, lugares y momentos que creíamos olvidados.
Sabemos que la alimentación tiene una dimensión biológica: aporta energía y nutrientes. Pero también conocemos que las personas no comen solamente por hambre. Comemos en contextos determinados, con otras personas, de acuerdo con nuestras costumbres y nuestras propias historias. La alimentación también es parte de nuestra identidad.
Por eso, en septiembre vale la pena cambiar un poco la pregunta. En lugar de pensar únicamente en cuánto engorda una empanada, podríamos preguntarnos qué significa para nosotros sentarnos a comerla con otras personas. En tiempos en que gran parte de nuestras comidas ocurren rápidamente, entre el trabajo, los estudios y las pantallas, detenernos a cocinar y compartir tiene un valor que muchas veces no consideramos.
No se trata de idealizar la comida ni de decir que en septiembre todo está permitido. También es importante hablar de moderación y de mantener hábitos que nos permitan cuidar nuestra salud. Pero cuidar la alimentación tampoco debería significar vivir las celebraciones con culpa.
Quizás ese sea uno de los desafíos de quienes trabajamos en nutrición: aprender a hablar de alimentación saludable sin reducirla solamente a números o restricciones, porque también debe ser compatible con nuestra vida, nuestra cultura y los momentos que queremos compartir.
Las Fiestas Patrias nos recuerdan justamente eso: que detrás de cada plato hay una historia. Por eso, quizás el verdadero sabor de septiembre no está solamente en la empanada, el asado o el mote con huesillos. Está en sentarnos juntos a la mesa y volver, aunque sea por un momento, a esas cosas simples que también alimentan.

