Por, Francisca Paris Reyes, Directora Ejecutiva de la Corporación Cultural Puerto Montt
Ha transcurrido un año desde que el Museo Histórico Juan Pablo II (MUPA) reabrió sus puertas a la comunidad de Puerto Montt. En el balance de este primer ciclo, resulta indispensable reflexionar sobre el verdadero sentido que un espacio patrimonial posee para una ciudad. Un museo no es —o no debería ser— un simple repositorio de objetos inertes ni una vitrina cubierta de polvo nostálgico. Su valor trasciende la exhibición contemplativa: es un centro generador de conocimiento, un custodio de la memoria viva y, sobre todo, una herramienta estratégica para definir qué comunidad queremos ser.
El relato con el que abre el MUPA sitúa a nuestro territorio en el epicentro de uno de los debates científicos más apasionantes del planeta: el poblamiento de América. Mientras el museo reanudaba sus funciones, la prestigiosa revista Science reabría la discusión sobre la datación del sitio arqueológico de Monte Verde, enfrentando posturas académicas internacionales. Que a solo unos kilómetros de nuestro centro urbano se custodie una pregunta universal que la humanidad aún intenta responder demuestra que este espacio guarda interrogantes vivas que interpelan al mundo entero.
A partir de allí, la exposición permanente recorre los hitos que modelaron nuestra identidad: la huella de los pueblos originarios, la inmigración alemana, la religiosidad popular y el desarrollo de una ciudad forjada a orillas del mar y del bosque. Comprender esta continuidad productiva y cultural no es un mero ejercicio de añoranza; es información estratégica y útil para el Puerto Montt del presente y del futuro.
Sin embargo, el reto del MUPA no se agota en la investigación de gabinete, la conservación o el valioso resguardo de la hemeroteca municipal. La tarea más apremiante y necesaria —aquella que exige una mirada honesta— es saldar la brecha de la democratización cultural.
Es una realidad ineludible que a gran parte de la ciudadanía le sigue costando cruzar esa puerta. Para las vecinas y vecinos de sectores como Alerce, Mirasol, El Tepual, o las comunidades rurales de Chamiza, Correntoso y Lenca, el museo suele percibirse lejano, tanto en distancia física como en representatividad simbólica. Del mismo modo, las juventudes rara vez asisten por iniciativa propia si no encuentran códigos y temáticas que dialoguen directamente con sus inquietudes.
Frente a esta constatación, el desafío planteado para las siguientes etapas debe apuntar hacia una cultura descentralizada. Programar pensando en quién no está en la sala implica que la vida cultural no puede quedarse confinada dentro de cuatro paredes; debe desplegarse en los barrios, en las escuelas y en los sectores rurales. La articulación con el sector público, el mundo académico, las industrias creativas y los gremios locales debe servir como puente para consolidar un ecosistema dinámico y colaborativo.
A un año de su reapertura, el MUPA ha demostrado su capacidad técnica e institucional para posicionarse como un referente regional. Ahora, el compromiso debe ser colectivo: que cada habitante de esta comuna se reconozca en sus salas y sepa que en este museo hay una historia que le pertenece y un espacio que le da la bienvenida.

