¿Confiar o no en nuestro algoritmo?

Por Estefanía Neumann Fuentealba, jefa de carrera de Nutrición y Dietética de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt.

Hoy el acceso a recomendaciones de salud está masificado en redes sociales; consejos sobre salud mental, hormonas y bienestar se difunden en videos rápidos y atractivos. Si bien esto visibiliza ciertas condiciones, también evidencia la delgada línea entre la divulgación científica responsable y el consejo sin sustento. Un estudio en el Journal of Technology in Behavioral Science reveló que el 68% de las publicaciones sobre salud y estilo de vida en redes sociales contenía información falsa, engañosa o fraudulenta.

En este contexto, la alimentación y la nutrición sufren el intrusismo profesional con mayor frecuencia. Por ejemplo, una investigación publicada por la Nutrition Society descubrió que en TikTok el contenido nutricional inexacto representaba más del 10% de los videos, vinculados principalmente a la pérdida de peso. Mientras una publicación precisa de un profesional promediaba poco más de 4,000 «me gusta» en Instagram, los contenidos engañosos multiplicaban exponencialmente su difusión gracias a promesas rápidas que activan los algoritmos de recomendación.

Asimismo, la revisión sistemática “Desinformación sobre dieta y nutrición en redes sociales” identificó que Instagram (64.7%) y YouTube (41.1%) son las principales plataformas de difusión de las «dietas milagro». En estos espacios, creadores sin formación demonizan nutrientes o grupos de alimentos, como carbohidratos o lácteos, promoviendo restricciones o dietas extremas. Al respecto, un influencer que difunde información falsa arriesga, a lo mucho, un comentario negativo o cierre temporal de su cuenta si su consejo daña a alguien; en cambio un nutricionista, arriesga su carrera y su ética profesional.

Este panorama impacta directamente a Chile donde las cifras son alarmantes en malnutrición por exceso, un estudio de la Universidad de Chile alertó cómo el entorno digital influye en las decisiones de compra; cuando un producto se viraliza, su costo aumenta y su disponibilidad cae debido a la alta demanda. Por otro lado, el daño también es a la salud mental: una investigación en jóvenes chilenos reveló que el 12.9% está en riesgo directo de sufrir un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA), apuntando como culpables a la publicidad digital y al seguimiento de food influencers.

El problema no es la tecnología, sino la validación que le otorgamos, confundir popularidad digital con idoneidad profesional es un error que pone en riesgo la salud. Es necesario que las plataformas verifiquen las credenciales de quienes emiten consejos de salud, pero también que los usuarios activen su pensamiento crítico. Comer sano no es una moda; es una ciencia personalizada.

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