Por Lorena Agüero, Jefa de Carrera de Psicología Jornada Vespertina Universidad Santo Tomás Puerto Montt
Durante años nos acostumbramos a pensar la educación como una carrera de notas y pruebas. Revisamos los calendarios de evaluación, comparamos los puntajes y exigimos resultados. Y en el camino se nos olvida algo que cualquier equipo educativo sabe de memoria: que en cada sala de clases hay personas, no solo contenidos por cubrir.
Hoy sabemos, con bastante evidencia científica, que la mente y el corazón no funcionan por separado. Un niño, una niña, un adolescente o un joven no aprende de verdad si no se siente seguro, querido y protegido. Eso ya casi nadie lo discute. Lo que seguimos evitando es la pregunta incomoda: ¿quién cuida a los que cuidan?
Solemos pensar el cambio educativo como un nuevo taller de emociones para los estudiantes. Pero el cambio de verdad empieza con el bienestar de nuestros profesores y asistentes de la educación, porque son ellos quienes sostienen el ambiente del aula y son el puente de confianza con cada hogar.
El biólogo chileno Humberto Maturana (2002) decía que educar es, sobre todo aprender a convivir, un proceso donde nos transformamos junto al otro. Y los investigadores Patricia Jennings y Mark Greenberg (2009) mostraron algo que cualquiera que trabaje en educación percibe: que los y las estudiantes buscan de forma instintiva señales de seguridad en los adultos que los rodean.
Cuando un educador ha tenido el tiempo y el apoyo para abrazar sus propias emociones, se convierte en un refugio para sus estudiantes. Si el clima se pone tenso, sabe frenar, respirar y transmitir una calma contagiosa. Sin esa contención previa, la respuesta ante la crisis raras veces nace de la pedagogía; nace del puro impulso y la frustración.
Nadie enseña lo que no vive. Un educador que está bien enseña con el ejemplo a ser empático y a conversar con respeto, algo esencial hoy para trabajar en serio con la neurodiversidad. Nos ayuda además a entender algo simple pero que solemos olvidar: cuando una persona se descompensa o un niño o niña hace pataleta, casi nunca es por malcriado. Casi siempre hay un malestar de fondo que pide apoyo, no un castigo.
Ese bienestar también llega hasta las casas. Cuando un educador cuenta con herramientas emocionales, la conversación con las familias cambia por completo, deja de ser una búsqueda de culpables entre el hogar y el establecimiento educacional cada vez que un estudiante lo pasa mal. Se transforma en una conversación desde la empatía, donde se escucha la realidad de cada familia y se busca soluciones en conjunto. La comunidad educativa deja de sentirse como una entidad que juzga y empieza a sentirse como un equipo que acompaña.
Cuidar la salud mental de nuestros docentes y asistentes de la educación no es un lujo ni una moda, es una urgencia y un deber de todo el sistema educativo. Si de verdad queremos proteger la salud mental de nuestros hijos e hijas, el primer paso, y probablemente el más ético, es cuidar primero el corazón de quienes los educan cada día.

